Redes. El pueblo abrazado al mar
“En Ares non te pares, en Caamouco para pouco, en Redes non te quedes”.
La malévola cantinela popular no le hace justicia a este coqueto rinconcito de la coruñesa ría de Ares, a un paso ya de Ferrol.
Y mucho menos en el caso de Redes, pueblo marinero y diminuto como los que ya casi no quedan, abrazado a un mar calmo y parsimonioso que apenas recuerda al fiero Atlántico de unas pocas millas más hacia el oeste. Las casas de Redes disfrutan aún de salida directa a la ría coruñesa de Ares. Los hórreos y las barcas comparten escena a pocos metros de distancia.
Redes son media docena de calles. Y no, no lo tomen por frase hecha. Las hemos contabilizado y disponemos de sus nombres. Se llaman Arriba, Medio, Abaixo, Nova y Ribeira, abrazadas todas ellas por la carreterita general, rebautizada como Avenida Gaspar Rodríguez en honor al que fuera primer alcalde del entonces Ayuntamiento de Caamouco. También cuenta con una plaza, la del Pedregal, que se asoma al puerto y anima a disfrutar de un refrigerio en A Pousada do Mariñeiro mientras se constata la quietud de la tarde perezosa. Pero lo verdaderamente asombroso, lo que ya no se ve por el mundo adelante, es esa camaradería entre las olas y las casonas, construidas con acceso directo al ancho mar. Erigido en un tiempo en que no se conocían ni la Ley de Costas ni menos aún ese instinto depredador de los nuevos urbanistas, el pueblo quiso dotarse de acceso directo al que era el principal de sus aliados. Y así, los marineros pudieron durante años faenar y aparcar luego sus embarcaciones, literalmente, a las puertas de casa.
Un paseo por las casas de la Rúa Nova resulta revelador. Columpios que van a dar al mar, escalinatas que se sumergen en las aguas, hórreos y barquichuelas compartiendo el mismo campo visual. Toda una rareza histórica y antropológica que el pueblo ha conservado con orgullo. Porque esas moradas no son ostentosas, ni mucho menos, pero sí diáfanas, pizpiretas y bien cuidadas. Sobre todo las balconadas, tan presumidas ellas. El paseo hasta el club de remo es breve, pero agradecido. Y luego siempre se pueden seguir los caminos rurales (sin señalizar, faltaría más) hasta la cercana playa de Sabadelle, una calita plácita y recóndita que mira ya en dirección a Ares.
Redes también tiene playa propia, aunque a casi nadie sorprenderá la noticia de que, ejem, la climatología no propicia en demasía su disfrute. Bueno, en realidad la chavalería local acostumbra a chapotear en el mismo puerto, manso como es y limpio como está. Pero si queremos un poco de arena bajo los pies, la Rúa da Ribeira desemboca en la playa de Area Morta, desde la que se contempla toda la insólita hilera de casas volcadas sobre el mar. Cierto es que el arenal no da para mucho, porque la marea alta casi lo devora por completo, pero la panorámica compensa cualquier otra carencia.
Desde Area Morta, lo mejor es adentrarnos por el bosque que se extiende, espeso y frondoso, por toda la margen norte de la ría. Los caminos son angostos, más bien anárquicos y, una vez más, carentes de cualquier indicación amiga (y tranquilizadora). Los más aprehensivos pueden ponerse a pensar que por semejantes vericuetos ha tiempo que no transita la especie humana, pero no es para tanto. Y tampoco hay pérdida: dejando el mar siempre a mano derecha, y marchando con paso decidido, puede llegar a bordearse toda la costa y desembocar en la esplendorosa playa de A Magdalena, ya en Cabanas, orgullo comarcal y tradicional reclamo para el turismo mesetario. Agudice el oído y ya verá qué pronto escucha a algún distinguido vecino del barrio de Salamanca.
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