Hace unas semanas unos amigos viajaron a Budapest y no quise perder la ocasión para pedirles algunas sugerencias útiles para quienes elijan el mismo destino. La verdad, Pepe y Ana se lo tomaron en serio.
Cuando me entregaron su relato, tuve que avisarles que posiblemente tendría que recortarlo para publicar solo parte de ello.
Finalmente he decidido dejarlo en su versión “integral” para no quitarle ese aire gracioso y divertido.
Os va a resultar muy útil y entretenido: qué difrutéis de la lectura!
Viaje a Budapest

Sábado, 29 de marzo del 2008
Somos un grupo de amigos que desde hace un par de años dedica unos días de marzo a realizar un viaje juntos. Por diferentes motivos este año es el primero para Ana y para mí. Me llamo Pepe.
Os presento a todo el grupo. Alfonso, Marisa, Laura, Susana, Raquel, Antonio, Salva, Miguel, Ana y yo. Todos nacidos y residentes en Madrid, salvo Miguel que vive en Gijón y ya es un poco asturiano.
Hacía tiempo que veníamos planeando este viaje. Por fin quedamos, en casa, una tarde de enero y realizamos la reserva. Saldríamos el 29 de marzo. Sábado. Regresamos el martes 1 de abril.
Llega el día del viaje. Quedamos en vernos en el aeropuerto a eso de las 7:00 de la mañana. Hay que levantarse muy temprano, pero ya sabemos que los madrugones cuando vas de vacaciones no son tales.
Como tenemos billete electrónico sólo es necesario acudir al puesto de facturación y presentar el DNI. En unos minutos está todo solucionado. Pasamos el control de la policía después de quitarnos el reloj, pulseras, anillos, cinturones, incluso alguna que otra bota.
Salimos de la puerta R-6. Terminal satélite de la moderna T4 de Barajas. Para quien no lo conozca, es necesario coger una especie de metro que te conduce hasta tu punto de partida.
Tardamos unos 20 minutos en llegar a nuestra puerta. Todavía tenemos tiempo para tomar un café.
Embarcamos sin problemas. El avión no va lleno. Nuestro vuelo a Budapest es con Malev, la línea aérea húngara. Nos ofrecen un desayuno a bordo. Tortilla con tomate frito, una mini salchicha y un pegote de puré de patata. Panecillo de pan, que por desgracia no es de PANVI (la mejor fábrica de pan de Madrid de nuestra amiga Laura) y magdalena rellena con bolitas de chocolate. Para tratarse de un avión, el desayuno no está nada mal. Lo mejor es que sin darte cuenta se ha pasado un buen rato del vuelo.
A Raquel no le hace mucha gracia esto de volar. Se pasa casi todo el tiempo durmiendo. Sólo se ha despertado para desayunar. Susana se está estudiando la guía de Budapest como si mañana se examinara para guía oficial de turismo húngaro. El resto vamos charlando. Más o menos en una hora tenemos que llegar a Budapest.
Mientras se prepara el avión para tomar tierra podemos ver a través de las ventanillas unas bonitas vistas. Impresiona el Danubio. Las primeras impresiones de Budapest hacen prometer que van a ser unos días intensos e inolvidables.Malev se ha portado muy bien y estamos puntuales recogiendo nuestras maletas y reservando un microbús que nos va a llevar hasta el hotel. Son de 10 plazas y nos viene como anillo al dedo.
Camino del hotel sacamos nuestro mapa e intentamos descifrar por dónde vamos. No es fácil pero terminamos ubicándonos.
Llegamos al hotel Domina Inn Fiesta. Céntrico, bien situado. Las habitaciones todavía no están preparadas. Son las 11:30. Dejamos las maletas en recepción y salimos a tener nuestra primera toma de contacto con Budapest.
Caminamos hacia el río. De camino nos encontramos con una plaza donde tiene lugar una especie de mercado, mitad con productos artesanos mitad con comida típica del país. Decidimos que éste va a ser el lugar donde vamos a comer.
Como todavía es pronto, seguimos camino hacia el Danubio. Impresionante. Lo habíamos visto mil veces en fotos y hacía unos minutos desde el avión, pero una vez que estás en su orilla te das cuenta de lo majestuoso que es. Nos dirigimos hacia el Puente de las Cadenas. Uno de los muchos puentes que comunican ambas orillas y sin duda el más notable de todos. Caminamos de un lado al otro y nos detenemos justo en el medio.
La primera vista que tenemos es muy positiva. Buda a un lado, al otro Pest y a tus pies el Danubio. ¿Se puede empezar de mejor manera la visita de esta ciudad?
Puede que si. No hay duda que una buena manera de conocer una ciudad y un país nuevo es por su gastronomía.
Nos dirigimos a la plaza que hemos dejado antes. Es hora de comer.
Salchichas, chorizo. Una torta hecha con patata, con cierto parecido a la tortilla de patata pero que no le llega ni a la suela de los zapatos. Una especie de morcilla, cerveza húngara. La verdad es que unas cosas más, otras menos, pero todo en general está muy bueno. O será que nosotros tenemos mucha hambre.
Estamos justo en la plaza donde se encuentra el Café Gerbeaud.Si algo hemos aprendido preparando este viaje es que no te puedes ir de Budapest sin conocer sus mejores cafés. Y éste es uno de ellos.
Entramos a tomar un café. Hay bastante gente y no es fácil encontrar una mesa libre y menos si somos diez. Al final nos colocamos en una zona casi vacía. Resulta un poco extraño encontrar este hueco, pero no lo dudamos y nos acomodamos.
De repente aparece una camarera y sin decir nada nos coloca varios platos encima de la mesa, cada unos con tres trozos de las más típicas tartas del café a modo de cata. Junto a los platos llegan también unos cafés.
Imaginaos nuestras caras. Mitad asombro, mitad desconcierto. Habíamos leído que los húngaros eran gente a los que les costaba mostrar simpatía y lo primero que hacen es prepararnos semejante merienda. Definitivamente no hay que hacer caso a las guías de turismo, pensamos.
Nos mirábamos unos a otros. No sabíamos si lanzarnos a comernos las tartas o devolverlas con nuestras mejores sonrisas. Pero claro, de tratarse de un hábito común en estas tierras íbamos a quedar un poco mal. En eso que aparece algo así como la encargada del local. Nos cuenta que ha habido un malentendido. Nos han confundido con parte de un grupo organizado de una empresa que esos días están en Budapest y nos han servido igual que a ellos. Se deshace el error y ahora sí, cada uno puede pedir la tarta que previamente habíamos visto en el mostrador.
A todo esto. El café es de un toque clásico. Mesas pequeñas de mármol cada una con cuatro sillas. Todo muy elegante. Techos altos y lámparas de cristal. Espejos y detalles en madera. Hay un expositor donde puedes ver todas las tartas. Te comerías una de cada. A decir verdad, y después de conocer otros cafés durante los cuatro días, este es el que menos me ha gustado. Además, nos han pegado un sablazo de cuidado.

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